CURSO SOBRE DEPRESIÓN
Director Hugo Marietan
marietanweb@gmail.com
Fenomenología de la corporalidad en la depresión
delirante
Otto Dörr Zegers
Alcmeon,
Revista Argentina de Clínica Neuropsiquiátrica, vol. 9,
Nº 3, noviembre de 2000, págs. 250 a 259.
Nadie podría dudar de la importancia del compromiso de
la corporalidad en la enfermedad depresiva. Y sin
embargo, apenas si éste es mencionado en los actuales
sistemas de clasificación y diagnóstico. Así, en el DSM
IV se hace referencia a la corporalidad en forma sólo
indirecta en dos de los nueve criterios diagnósticos: el
primero (ánimo deprimido) y el sexto (fatiga o pérdida
de energía). Una referencia más directa la encontramos
en la alusión al aumento o pérdida de peso (criterio
número tres), pero debemos reconocer que se trata de un
síntoma absolutamente inespecífico. El sistema de
clasificación y diagnóstico de la Asociación Mundial de
Psiquiatría (ICD 10) tampoco repara en la corporalidad
depresiva y en su descripción clínica del cuadro destaca
síntomas pertenecientes más bien a la esfera cognitiva,
como la anhedonia, la falta de concentración y de
autoestima, las ideas de culpa y la visión pesimista del
futuro.
Diferente es el caso de los autores clásicos o de otros
más modernos, pero vinculados a la tradición
psiquiátrica europeo-continental. Tanto Kraepelin (1916)
como Bleuler (1966) coincidieron en considerar a la
distimia, vale decir, a la experiencia subjetiva de la
corporalidad, como uno de los tres fenómenos
fundamentales de la enfermedad depresiva. La descripción
que hace Kurt Schneider (1920) del compromiso de los
"síntomas vitales" en la depresión es otro ejemplo de la
importancia que tiene el cuerpo en esta enfermedad. Pero
también otros autores que se han aproximado al tema
desde una perspectiva más empírica han encontrado que el
cambio de la corporalidad es un eje central del
síndrome. Así, Pfeiffer (1968), a mediados de la década
del 60, llevó a cabo un estudio de tipo transcultural,
en el que comparó la sintomatología depresiva de
pacientes de Alemania e Indonesia, llegando a la
conclusión de que los síntomas fundamentales de esta
enfermedad (das Grundsyndrom), ésos que se
presentan siempre y no están determinados por el tipo o
grado de civilización o cultura, son:
1. "Un desplazamiento del estado de ánimo hacia el polo
depresivo" (estado "difícil de definir").
2. "La alteración de funciones vegetativas" como el
sueño, el apetito y la libido.
3. "Sensaciones corporales anormales", como dolores,
parestesias y presiones.
Esto significa que todos los síntomas que Pfeiffer
consideró fundamentales, porque eran comunes a culturas
tan diferentes como la alemana y la indonésica, están
ligados a la corporalidad. Algo similar ocurrió con un
estudio realizado por nosotros a comienzos de la década
del 70 (1971). Estudiamos todos los pacientes depresivos
hospitalizados durante cinco años en la Clínica
Psiquiátrica de la Universidad de Concepción, Chile, en
un intento de determinar un "sindrome depresivo
nuclear", a saber, los fenómenos que deben estar siempre
presentes para diagnosticar una depresión propiamente
tal o endógena. Siguiendo a Tellenbach (1956, 1961),
distinguimos síntoma de fenómeno y así procuramos intuir
las formas esenciales que constituyen a la depresividad
a través de la infinidad de manifestaciones clínicas
concretas que presentaban los 55 pacientes estudiados.
El resultado fue que esta multiplicidad sintomatológica
se ordenaba en torno a sólo tres fenómenos
fundamentales:
1. El cambio o perturbación de la experiencia de la
corporalidad (Befindlichkeit en alemán), que
abarcaba desde el decaimiento hasta las náuseas, pasando
por la angustia, la falta de fuerzas, los dolores
musculares, el frío, etcétera.
2. El cambio o perturbación del cuerpo operante, vale
decir, de todas aquellas funciones que nos conectan con
el medio ambiente y cuyos síntomas más característicos
son la inhibición psíquica y motriz, la anhedonia, la
incapacidad de tomar decisiones, la pérdida de la
memoria, etcétera.
3. El cambio o perturbación de la temporalidad del
cuerpo (distinta a la temporalidad de la existencia) y
que en la práctica se manifiesta como alteración,
inversión o suspensión de los ritmos biológicos.
Otra vez nos hallamos frente al hecho que una mirada
desprejuiciada de la enfermedad depresiva, sea ésta
clínica, transcultural o fenomenológica, se va a
encontrar con el compromiso de la corporalidad como el
fenómeno central, a diferencia de lo que ocurre, por
ejemplo, con la neurosis obsesivo-compulsiva, donde la
mayor parte de los síntomas se expresan a nivel
cognitivo. A mayor abundamiento, Peter Berner y col.
(1983) desarrollaron, una década más tarde, los
"criterios vieneses" para la investigación de la
depresión y a través de sus investigaciones llegaron a
la conclusión de la existencia de un "síndrome axial
depresivo endomorfo", caracterizado por dos fenómenos
fundamentales, la perturbación de la Befindlichkeit
y la alteración de los ritmos biológicos. El sindrome de
Berner es prácticamente idéntico al descrito por
nosotros en 1971, sólo que él incluye en la perturbación
de la experiencia del cuerpo a las distintas formas de
la inhibición, que nosotros consideramos como un
fenómeno independiente.
Algunos años más tarde (1979), intentando avanzar en la
fenomenología de la depresión, describimos
nosotros esa emanación atmosférica que surge de las
depresiones endógenas y que nos pareció muy importante
para el diagnóstico diferencial con respecto a otras
formas de depresividad, como la neurótica, la
esquizofrénica o la orgánica. Parodiando a Rümke
(1958) con su "Praecox-Gefühl", llamamos a
esa emanación "Melancholie-Gefühl" (sensación de
lo melancólico). Un año después (1980) y junto con
Tellenbach, intentamos profundizar en el conocimiento de
la mencionada emanación depresiva a través de la
descripción fenomenológica del encuentro con una
paciente depresivo-estuporosa. En nuestro análisis
adoptamos la actitud sugerida por Blankenburg (1962),
quien exige de la experiencia fenomenológica el ser
"decididamente más abierta hacia todas las modalidades
de ser de todo aquello que nos hace frente, vale decir,
ella tiene que poder ser más natural que la experiencia
natural misma"; pero al mismo tiempo, debe ser "más
científica que la experiencia científica, en la medida
que ella no se limita a un solo proyecto trascendental,
sino que transforma en su tema central a todos los modos
de ser en general". En este tipo de análisis la actitud
deberá asemejarse a la de una persona carente de
experiencia psiquiátrica, alguien capaz todavía de una
plena ingenuidad. Para tal observador la inmovilidad de
la paciente no será una "inhibición", ni su silencio
absoluto, un "mutismo estuporoso", como tampoco la
opacidad de su mirada representará un signo de "tristeza
vital", sino simplemente los diferentes aspectos del ser
con quien en ese momento se encuentra y que lo
afecta de tal o cual manera.
Lo primero que nos llamó la atención en el encuentro con
aquella paciente fue su mirada opaca y sin vida, así
como su casi incapacidad de mantener la posición erecta.
No era posible, por ende, llevarla a una contraposición,
a que se constituyera entre ella y yo esa natural
tensión polarizada que los griegos llamaban antikry.
El encuentro carecía de reciprocidad. Su estar enfrente
(antikry) había perdido su carácter "enantiótico"
(recíproco), para hacerse "cremático". Chrema era
para los griegos un objeto inservible y exactamente lo
opuesto a la physis, que en este caso
correspondería al cuerpo vivido (Leib). El cuerpo
depresivo está más cerca del Körper, del cuerpo
objeto, que del cuerpo intencional y dirigido al mundo
(el welthafter Leib, de Zutt, 1963). Quizás por
eso producía en nosotros una sensación nauseosa, como la
que se experimenta frente a un cadáver en la mesa de
autopsia. Este carácter de cosa que irradia la presencia
casi puramente material de la paciente estuporosa se
hace también evidente en su disponibilidad. Podríamos
resumir la experiencia diciendo que su mirada se
escondía detrás de los ojos y que su espíritu se había
hundido en el cuerpo. Pero el estupor no es la única
forma clínica de depresión en la cual el cuerpo del
depresivo adquiere la transformación cremática descrita.
El estupor representa sólo el final de un proceso de
cosificación y crematización del cuerpo que ya se
anuncia en el leve decaimiento inicial, en los síntomas
vitales, como la opresión precordial, el frío, la
pesadez de las extremidades, pero también en el hecho
tan común que los depresivos tienden a preocuparse
excesivamente de su cuerpo y no tienen otro tema que la
angustia, la mala digestión, o la falta de apetito. Todo
depresivo verdadero nos muestra algún grado de
crematización y este sí que sería un fenómeno
específico, cuya adecuada aprehensión podría
transformarse en un arma fundamental para un diagnóstico
inequívoco de enfermedad depresiva.
Ahora bien, no sabemos mucho cómo vive el paciente mismo
el estupor, porque en él no hay lenguaje y una vez
pasado el episodio, el sujeto apenas es capaz de
expresar palabras muy vagas sobre lo vivido. Pero hay
otro estado extremo de depresión, en la cual la
capacidad de expresar verbalmente lo vivenciado está
conservada y éste es el síndrome de Cotard o delirio
nihilista. Este síndrome es como la otra cara posible de
los grados más profundos de depresión. En el estupor no
hay conciencia del cuerpo, porque se es sólo cuerpo
(proceso de cosificación): la materialidad ha invadido
completamente la conciencia. En el Cotard se es una pura
conciencia, despojada de toda materialidad (el cuerpo es
vivido como inexistente o muerto); es como si la
conciencia hubiese invadido y arrasado con el último
resto de su corporalidad. Pero lo paradójico es que esta
conciencia sin cuerpo, en lugar de alcanzar por este
camino la libertad del ángel, es tan esclava como la
conciencia del enfermo estuporoso, hundido en su
corporalidad. Y decimos que es esclava, porque al igual
que el estuporoso, el paciente con Cotard tampoco es
capaz de pensar, ni de sentir, ni de actuar. Nosotros
quisiéramos hacer hoy un aporte a la fenomenología del
vivenciar depresivo a través del análisis de un caso de
depresión delirante con un clásico sindrome de Cotard.
El caso escogido es el de una mujer muy inteligente, con
una gran capacidad de expresar en palabras sus
vivencias.
Casuística
Se trata de la Sra. Verónica P., de 40 años, casada y
madre de tres hijos, oriunda de un pequeño pueblo
campesino del sur de Chile, pero residente en Santiago.
Sin antecedentes mórbidos y descrita tanto por su esposo
como por sus hermanos como "totalmente normal" hasta el
comienzo de la enfermedad, dos meses antes de su ingreso
al Hospital Psiquiátrico en Marzo de 1998. Como
características de su personalidad sus familiares
destacan que era poco sociable, no le gustaba salir y se
dedicaba sólo a sus hijos, al marido y a las labores del
hogar. Jamás tuvo ni conflictos con su esposo, ni
tampoco con sus hermanos que permanecieron en el campo.
La enfermedad empezó pocos días después de llegar
Verónica a casa de su madre de 85 años a pasar con sus
hijos las largas vacaciones de verano. En esta
oportunidad ella se sintió, por primera vez, traicionada
por sus hermanos, al manifestar éstos la intención de no
entregarle todavía un pedazo de tierra que le
correspondía por herencia y con el cual ella contaba
para construirse ahí una casa y trasladarse a vivir al
campo. A raíz de esta situación Verónica se angustió
mucho y empezó a no dormir, a no comer y a bajar de
peso. Se quejaba también de múltiples dolores
corporales. En algún momento manifestó la idea de no
querer seguir viviendo y su hermana la sorprendió un día
cuando intentaba ahorcarse. Desde entonces empezó a
decir "cosas raras", lo que llevó a la familia a
avisarle al marido y a consultar médico. Después de
algunas intervenciones terapéuticas en la zona, que
resultaron infructuosas, Verónica fue trasladada a
nuestro hospital en Santiago.
Al examen nos encontramos con una mujer lúcida,
enflaquecida, que representa más edad de la que tiene y
que llama la atención por su gran inteligencia.
Reproduciremos aquí sus palabras en forma textual: "Lo
que pasa conmigo es que tengo todo muerto; digamos que
estoy muerta, que estoy en estado vegetal de mi cabeza a
los pies. No tengo tacto, ni olfato, ni gusto por las
comidas… Mi cuerpo es tan liviano que es como si no
existiera. Yo no me canso, puedo andar kilómetros y no
me pasa nada… Yo quisiera sentir el peso de mis ojos
para poder dormirme. ¿Cómo voy a poder descansar si no
siento mi cuerpo?… Al acostarme, me quedo ahí igual que
un objeto. Y sin embargo, sueño en las noches. ¿Por qué
sueño en las noches? ¿Es que los muertos sueñan?… Yo
pensé que mi cerebro no existía, pero si sueño es porque
todavía existe. Y sin embargo, cuando me tocan yo siento
algo vago, pero no lo siento en mi cerebro. A mí ya nada
me asusta; tampoco puedo sentir rabia. El cuerpo es
pesado cuando está vivo, mientras que yo no siento el
peso de mi cuerpo… Yo vivo una vida de ciencia ficción,
la vida de una persona muerta…". Pero Verónica también
describe en forma impresionante su relación con el mundo
y con los otros: "Cuando tomo a mis hijos en los brazos,
no los siento… Si mis hijas supieran que están queriendo
a una mamá artificial… Mi marido no duerme conmigo, cómo
va a poder dormir con una muerta… Yo no siento el
contacto directo con las cosas, tampoco con los demás…
Cuando estaba viva, en cambio, yo sentía las cosas y era
capaz de concentrarme en lo que hacía… Ahora, cuando
hablo, las palabras salen (automáticamente) de mí, pero
las de los otros no entran a mi cabeza… Tampoco las
imágenes de televisión entran en mi cabeza… Lo único que
quiero es morirme, pero sigo viviendo porque, al
parecer, el corazón late, aunque no lo siento…".
Una discusión diagnóstica sería innecesaria, pues todo
parece indicarnos que estamos aquí frente a una
melancolía en el sentido de Tellenbach (también en lo
que se refiere a la personalidad previa y a la situación
desencadenante), pero que además tiene un delirio de
Cotard. En la terminología de los DSM norteamericanos
este cuadro correspondería a una "depresión de tipo
melancólico con psicosis". Vamos a renunciar también a
un análisis psicodinámico, para quedarnos sólo en el
plano de lo descriptivo-fenomenológico.
La multiplicidad de vivencias comunicadas por la
paciente podrían ordenarse en torno a dos temas:
1. La relación consigo misma y en particular con el
propio cuerpo.
2. La relación con el mundo y con los otros.
La relación con el propio cuerpo
La experiencia fundamental de nuestra paciente es que su
cuerpo ha perdido el peso, algo según ella propio de lo
vivo, y que por lo tanto no se cansa, pudiendo recorrer
cantidades de kilómetros indefinidamente. Tampoco puede
dormir, porque le falta "el peso de los ojos", y se
pregunta entonces con razón, "cómo voy a descansar si no
me canso". Ahora bien, esta liviandad etérea no
significa para ella una ampliación de su espacio ni de
su conciencia, sino por el contrario, el constatar la
máxima limitación posible, que es la propia muerte. Aquí
surge la primera paradoja, por cuanto el sentido común
tendería más bien a asociar la muerte con el peso de lo
material, de los objetos inanimados, cuanto más que la
vida conlleva en mayor o menor medida la elevación por
encima del peso mismo que la constituye, vale decir, el
movimiento en dirección contraria a la fuerza de
gravedad. De hecho, la posición erecta podría
considerarse quizás como el mayor triunfo alcanzado por
las formas vivas sobre esta fuerza elemental que impera
en el mundo físico. Y, sin embargo, la lúcida y
atormentada conciencia de Verónica identifica la falta
de peso con la muerte. ¿Cómo entender esta experiencia?
Para ello necesitaríamos hacer algunas digresiones.
Las referencias que hace el creador de la fenomenología,
Edmund Husserl, al cuerpo y la corporalidad, aunque
fragmentarias, van a constituir el punto de partida para
los fenomenólogos que con posterioridad trabajaron el
tema, como es el caso de M. Merleau-Ponty, J. P. Sartre
o G. Marcel. Aun en los momentos de su obra donde
desarrolla con mayor radicalidad el carácter
transcendente de la conciencia pura, se desprende de sus
descripciones una suerte de espesor de la corriente
natural y espontánea de las vivencias, que nos conecta
directamente con la corporalidad (Leiblichkeit).
Husserl va a otorgar importancia al cuerpo en relación
con el "nivel originario de la experiencia" y así, en
Erfahrung und Urteil (1939, § 6), define la
experiencia natural como una relación directa e
inmediata con lo individual que se establece "a través
del cuerpo y sus sentidos". Algo semejante leemos en el
§ 39 de Ideas I (1913), cuando dice: "El percibir,
considerado como mera forma de conciencia y
prescindiendo del cuerpo y de los órganos corporales, se
presenta como algo carente de toda esencia, como el
vacío mirar de un Yo vacío al objeto mismo que se toca
misteriosamente con éste". Y más adelante, en el § 53,
afirma ya en forma taxativa: "Sólo por su relación
empírica con el cuerpo se convierte la conciencia en
humana o animal, y sólo por este medio ocupa un lugar en
el espacio y en el tiempo de la naturaleza". En otro
momento él habla de una resistencia a la intencionalidad
pura y de que esa resistencia procede del cuerpo, del
hecho que somos una conciencia encarnada. En suma, es el
cuerpo, la carne, su materialidad misma, lo que impide
que la conciencia flote en el aire, vacía de todo
contenido. Y materialidad es peso y es eso lo que
Verónica echa de menos. Ella se ha transformado en
cierto modo en una conciencia pura, separada de su
cuerpo, al que siente muerto. La conciencia necesita de
un cuerpo pesado, tanto para sentirse viva como para que
se constituya la intersubjetividad, como veremos más
adelante. El filósofo lituano-francés Emmanuel Lévinas
(1979) llega a decir a este respecto: "La libertad del
Yo es inseparable de su materialidad… Este carácter
definitivo del existente, que constituye (a su vez) lo
trágico de la soledad, es la materialidad."
Esta experiencia humana tan extrema, vivida en el
sindrome de Cotard, viene a ser una demostración del
vínculo indisoluble entre conciencia y cuerpo. Porque no
se puede pensar, ni tampoco sentir desde ninguna parte,
sin ese cuerpo que pesa y tiene necesidades y se cansa y
duerme. En este contexto cabría recordar el nexo que
establece Lévinas (1990) entre la experiencia del il
y a (el "hay") y el insomnio. Para él la experiencia
básica se da sobre un fondo impersonal, anónimo, donde
no hay sujeto, una experiencia de vacío, de horror. El
"hay" es luego quebrado por la emergencia del sujeto,
que es capaz de apropiarse de sí mismo y del mundo y
decir "yo soy". Ahora bien, trasladado a la experiencia
cotidiana, esa etapa inicial de la subjetivación
corresponde al insomnio, a esa "vigilia que está
absolutamente vacía de objetos… ella es tan anónima como
la noche misma… Es la noche misma la que vela" (op. cit.,
p. 110 y 111). No deja de ser interesante el hecho que
el insomnio sea un síntoma capital de la enfermedad
depresiva y que nuestra paciente también haya sufrido
con particular intensidad de la incapacidad de dormir.
Lo característico del insomnio depresivo es que se
acompaña de la atormentante sensación de que no hay
descanso posible, de que la vigilia va a continuar así
eternamente. En él ya se puede entrever la profunda
alteración de la temporalidad propia de esta enfermedad
y que Lévinas describe con gran maestría en "El tiempo y
el otro" (1979): "(El insomnio es una) vigilia sin
objeto... el tiempo no parte aquí de punto alguno,
tampoco se aleja ni se difumina. Sólo los ruidos
exteriores que pueden dejar huellas en el insomnio
introducen comienzos en esta situación sin principio ni
fin, en esta inmortalidad de la que es imposible
escapar..." (p. 85). Una paciente de R. Parada (1967)
con un cuadro muy parecido al de nuestra paciente,
decía: "Yo no tengo perdón. Mi destino es no morir. No
se me puede matar, porque no tengo vida...". En sus
conversaciones con Janouch (1951) Franz Kafka se refirió
en términos muy impresionantes a su propio insomnio:
"Quizás si mi insomnio no es sino una forma de miedo
ante el visitante a quien le debo mi vida" (p. 45).
La relación con el mundo y con los otros
Lo primero que dice Verónica a este respecto es que
cuando toma en brazos a sus hijos no los siente y que
tampoco siente el contacto directo ni con las cosas ni
con los demás. Luego explica que no tiene sentidos: "no
tengo tacto, ni olfato, ni gusto por las comidas",
precisando luego su relación con los otros, centrándola
en el diálogo, en la relación verbal: "Ahora, cuando
hablo, las palabras salen (automáticamente) de mí, pero
las de los otros no entran a mi cabeza". También
establece una analogía con lo que le ocurre con las
imágenes televisivas, las que "tampoco... entran en mi
cabeza...". Por último, se refiere a su total ausencia
de sentimientos hacia los otros, pues "(ni siquiera)
puedo sentir rabia".
¿Cómo comprender esta experiencia desde la constitución
de la corporalidad? Veíamos en el punto anterior cómo
Verónica, al perder la consistencia, el peso de su
cuerpo, se vivía a sí misma como muerta, en medio del
horror representado por el vacío y el insomnio, en esa
experiencia del il y a (Lévinas), anterior a la
emergencia del "yo soy". Ocurre ahora que sin
consistencia tampoco puede llegar al otro ni los otros a
ella. Para Husserl (Ideas I, § 53) el cuerpo es el
vínculo de inserción en el mundo, pues: "Debemos
recordar que sólo a través de la experiencia de un
vínculo entre la conciencia y el cuerpo vivido hacia una
unidad natural empírico-intuitiva es posible algo así
como la comprensión recíproca entre los seres animales
que pertenecen a un mismo mundo...". Es desde el cuerpo
desde donde se produce la apertura a la
intersubjetividad. En primer lugar, porque el cuerpo es
el "punto cero", el Nullpunkt desde el cual se
organiza el mundo perceptivo. Toda cosa o cualidad se
orienta en relación a mi cuerpo vivido (Leib).
Esto también vale para lo imaginado o recordado, puesto
que cualquiera sean sus características, sus cualidades
o incluso su propia espacialidad, sólo puede ser
imaginado o recordado en referencia a mi cuerpo. Es
entonces a partir de mi cuerpo y de la percepción que
tengo de él que yo voy a poder constituir el mundo que
me rodea y a través del cual se espacializan los demás
cuerpos; y así también, desde este centro que es mi
cuerpo voy a constituir el mundo global, el mundo de la
tierra. Desde el punto de vista fenomenológico la tierra
está en el centro del mundo y en el centro del centro
está mi cuerpo, como punto cero.
En "La Crisis" (1936) Husserl nos dice que "el
espíritu está en la espacio-temporalidad allí donde está
su soma (su cuerpo material)" (p. 303) y más adelante
agrega: "... lo que implica que constantemente tiene una
experiencia privilegiada de su cuerpo y que, por
consiguiente, tiene conciencia de vivir y poder obrar
constantemente en él, a la manera de un Yo que sufre
afecciones y al mismo tiempo obra." Esto es justamente
lo que Verónica ha perdido. Al no tener la sensación de
su cuerpo, al sentirse "muerta", no puede actuar, pero
tampoco recibir "afecciones", porque en estricto rigor
mi ser carnal, como sostiene Husserl en "Las
meditaciones cartesianas" (§ 24), no se me aparece
originariamente a la manera de un objeto espacial, sino
que él me es dado junto con el aparecer de algo. Al
percibir una cosa en el espacio el sujeto "toma
conciencia de la pre-espacialidad de su carne
percipiente; es el aparecer de la cosa percibida lo que
constituye la ocasión del pre-aparecer de la carne como
‘órgano de la percepción’" (Bernet, 1993). El paciente
depresivo con un sindrome de Cotard ha regresado al
espacio del horror y del insomnio, donde imperan la nada
y el vacío. Al no percibir, al no sentir a lo otro ("no
tengo tacto, ni olfato, ni gusto") ni a los otros
("cuando tomo a mis hijos en los brazos, no los
siento"), él está imposibilitado de tomar conciencia de
esa "pre-espacialidad de su carne percipiente" y por
ende no cabe sino que sienta a su cuerpo como "muerto".
Al dejar de ser propiamente un sujeto carnal, el Yo, ese
sujeto que emerge desde la experiencia primordial del
"hay" se disuelve, puesto que él sólo puede existir como
encarnado. En el caso concreto de nuestra paciente, su
incapacidad de trascender, su incapacidad de encuentro
con el otro llega al extremo de que ella ya no entiende
las palabras, pues "no le dicen nada... porque mi cráneo
está muerto... y las palabras no entran en mi cabeza".
Ahora bien, según Lévinas, en el proceso de
subjetivación o hipóstasis, a la experiencia primordial
del horror ante el desnudo del il y a le sigue la
emergencia del "yo soy", de la conciencia. El Yo accede
al lenguaje y a través suyo a las distintas
intencionalidades, coincidiendo en este punto con la
auto-constitución del Yo husserliano; pero para Lévinas
el proceso de subjetivación es más complejo y debe tomar
en todo momento en cuenta la corporalidad. Además éste
puede adquirir distintas formas, que no son excluyentes
entre sí. Una forma podría ser la de la mera apropiación
del mundo en función de mi utilidad, de convertir todo
lo otro en mí. Ese va a ser el camino que llevará a la
técnica. Pero el proceso puede ser también moroso y
retener a lo otro en cuanto otro a través del gozo. En
el gozo se respeta profundamente la alteridad. Lo otro
ya no es un mero objeto manipulable, como en el modo del
apropiarse, sino un elemento gozable. El Yo se afirma a
sí mismo gozando de los elementos, neutralizando la
alteridad de éstos hasta incorporarlos a la inmanencia
de su subjetividad, la que ha nacido del disfrute. Al
respecto leemos en "Totalidad e infinito" (1971, 1987):
"Vivimos de una buena sopa, del aire, de la luz, de
espectáculos, de trabajo, de ideas, de sueños, etc... no
se trata aquí de objetos ni de representaciones.
(Simplemente) vivimos de ellos... (Tampoco) son
instrumentos o utensilios, en el sentido heideggeriano
del término... son siempre objetos de gozo, que se
ofrecen al gusto ya adornados y embellecidos." (p. 129).
Es decir, la transitividad del alimentarse lleva al acto
reflexivo: "el vivir de..." convierte al alimento en
contenido vital; el goce del alimento se transforma en
goce de sí. A través de su filosofía de la sensibilidad
Lévinas recupera la función del cuerpo en el
advenimiento de la subjetividad. "El goce nos
proporciona la clave para desvelar el sentido originario
de la expresión ‘cuerpo propio’: en el tránsito del
cuerpo hambriento (dependiente del medio circundante...)
al cuerpo soberano (que... afirma su poderío frente al
exterior... ), en ese tránsito el cuerpo propio se
revela como auto-identificación encarnada." (Sucasas,
1998). En suma y para decirlo con las palabras del
propio Lévinas, "la vida es amor a la vida... es
sensibilidad satisfecha" (op. cit., p. 131).
Pero el no sentir de Verónica las cosas de este mundo
desde su "cuerpo muerto" no es sino el final de un
proceso de pérdida de la sensibilidad que se inicia con
ese síntoma tan característico de la depresión, que es
la anhedonia, la incapacidad de gozar, y entonces no
podemos sino asombrarnos ante el hecho que Lévinas haya
sostenido que el modo fundamental de la relación entre
sujeto y mundo sea no la Sorge de Heidegger
(1927, 1963), sino el gozo. Si aceptamos este postulado,
se nos aparecen como perfectamente coherentes
afirmaciones tan dispares de Verónica como decir que su
cuerpo está muerto y al mismo tiempo quejarse de que no
le siente el gusto a las comidas. El sentirle o no el
gusto a las comidas presupone el acto de comer y éste a
su vez, el estar vivo, lo que se contradice con su
afirmación de que ella está muerta. Lo que sucede es que
Verónica ha perdido la capacidad de gozo y esto le
ocurrió ya -según sabemos por la historia- desde poco
antes de caer en el delirio nihilista de Cotard. Y no
poder gozar es sinónimo de muerte, porque "la vida es
sensibilidad satisfecha". El movimiento regresivo del
proceso de subjetivación va desde el cuerpo amante al
cuerpo soberano, del cuerpo soberano al cuerpo
hambriento y de éste al cuerpo muerto, que es el cuerpo
del delirio nihilista.
Pero la forma más perfecta de relación con el mundo y
con la alteridad se alcanza a través del prójimo.
Lévinas destaca en esta relación dos elementos: el
rostro y la caricia. El rostro del otro es la
trascendencia personalizada y a través suyo, a través
del rostro del ser amado se me muestra la humanidad
entera en su indefensión. Y por eso es que la relación
con el otro es fundamentalmente ética, porque al
descubrir el Yo la fragilidad de todos en el rostro del
ser amado se siente inclinado a decir: "Heme aquí; yo me
hago cargo de ti". Ahora bien, el vehículo más singular
y propio de acceso al otro es la caricia: "La caricia,
como el contacto, es sensibilidad; pero la caricia
trasciende lo sensible... La caricia consiste en no
apresar nada... (Ella) busca, registra. No es una
intencionalidad de develamiento, sino de búsqueda:
marcha hacia lo invisible. En cierto sentido expresa
el amor, pero sufre por incapacidad de decirlo."
(Totalidad e Infinito, p. 267). No podemos entrar aquí
en una explicación más detallada de la fenomenología de
la caricia. Queremos sólo señalar el hecho que si
aceptamos que estos dos elementos sensibles, el rostro
del otro y la caricia a través de la cual yo me acerco a
él, son fundamentales en la constitución de la
intersubjetividad, tendremos que reconocer que en los
grados profundos de depresión ambos se encuentran
prácticamente ausentes. Para Verónica los otros más que
rostros son máscaras y ella misma se siente como tal
cuando se extraña de que sus hijos puedan estar
queriendo a una madre "artificial", vale decir, tan
irreal como una muñeca de trapo. Los otros no son un
rostro para ella ni ella lo es para los otros. Todo el
misterio del rostro ha desaparecido y tanto sus hijos
como ella se han transformado en seres inanimados, en
"artificios". Así como ella lo es también para su
marido: "Cómo se va a acostar con una muerta". Y si es
que no puede reconocer sus rostros, con mayor razón aún
no los podrá acariciar, tema al que ella se refiere
expresamente cuando insiste una y otra vez en su
incapacidad de "sentirlos" como personas (vivas) cuando
los toma en sus brazos.
La depresividad sería entonces la pérdida de la
inserción misma del hombre en el mundo y con ello de
toda posibilidad de trascendencia. Y esto que hemos
logrado descubrir a través del análisis de las vivencias
de una paciente con sindrome de Cotard viene a
corresponder exactamente con aquello encontrado por
nosotros en el análisis fenomenológico de un estupor
depresivo (Dörr-Zegers y Tellenbach, 1980): la
cosificaclón y crematización del cuerpo como rasgo
central de la depresividad.
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