Cancer

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Conversando con Ana

1) El cáncer

 

Cuando me dieron el diagnóstico de cáncer de mi marido (M), hace cuatro años, me dijo el médico que tenía setenta días de vida, y yo internamente lo desafié.

Me dije que viva el tiempo que tenga que vivir, ¿por qué setenta y no 60 ó 75? El médico lo trató muy mal a él, se lo dijo crudamente. Dicen que así es la medicina ahora, no sé si eso es bueno.

Cuando volvió a casa se sentó en un sillón me dijo:

- Viste lo que me dijo el médico? Según él yo tengo que terminar mi vida aquí y se acabó el tema.

- Y por qué tenés que creerle tanto al médico? Por qué no crees más en vos?

Y escuchame una cosa: el cáncer es el cáncer y yo soy Ana. Y lo desafío al cáncer.

- Vos me vas a acompañar? me dijo

- Yo te voy a acompañar pero en serio, muy en serio.

 

En ese momento yo pensaba:

- Dónde miércoles en este caída total al vacío absoluto hay una herramienta con la cual yo pudiera remontar esto. Si a mi me dan una ramita yo trepo la montaña y vuelvo a subir. Esa era la imagen visual que tenía: caída libre.

Y llegó la ramita, era el Dr. J. A.

A todo esto ya habíamos ido al oncológico de La Plata. Allí lo atendió la Dra. S. C. que es un ángel. Y la Dra. M. M. que era de cuidados paliativos. Ella sabe de lo físico y la otra de lo humano, de la existencia, de otro tipo de dolores.

Una de mis virtudes que más aprecio es que soy honesta y le planteé a la doctora S. C.:

- Usted va y viene de Estados Unidos, debe saber un montón, pero a mí no me alcanza con lo que usted sabe. Yo voy a hacer todo. Si me dicen que tengo que ir a Berazateguy a buscar el pendorcho que está en el sector A, yo voy a hacer lo suyo y lo del pendorcho. Pero se lo voy a decir, no la voy a engañar ¿Le parece?

- Me parece bárbaro, me dijo, porque no hay una sola verdad, hay muchas y yo no las conozco a todas. Hagamos todo, pero sepamos lo que estamos haciendo para no confundirnos.

 

Y ahí apareció el Dr. J. A., el trabaja con la crotoxina y también aceptaba el tratamiento con fármacos convencionales. Hicimos este tratamiento durante 11 meses. M aumentó 16 kilos, el tumor se redujo y parecía un hombre más sano que un año atrás. Pero no soportó los pinchazos. Se dio 328 inyecciones. No lo soportó y no quiso seguir con ese tratamiento. Y hasta ahora me queda la gran duda: ¿qué hubiera pasado de seguirlo?

Y después de todo: gorgojos, bombucha.

Mi guerra contra el cáncer fue durísima. Pero luchar contra la burocracia es casi tan duro como luchar contra el cáncer.

Un día casi doy vuelta una Obra Social. El Jefe de Farmacología de esa OS tuvo el tupé de decirme cuando yo exigía la entrega de un medicamento que le correspondía, que no gritara porque se iba a morir igual. No me querían dar la quimioterapia.

-Baje el tono, se va a morir igual ¿qué se cree, que porque le den quimioterapia no se va a morir?, me dijo.

Casi lo siento de un empujón sobre las cajas de medicamentos.

Vinieron los policías. Y le dije:

- ¡Ni se les ocurra tocarme, maga de pelotudos! Ustedes son tan afiliado de esta OS como yo. Y una cosa más: ni a mi ni a ustedes les preguntaron si querían ser socios de esta OS o no, los metieron de prepo. Y ahora ustedes van a buscar al comisario para meter en cana a todos estos delincuentes ¡Háganlo ya!

No sabe como gritaba, doctor.

¿Sabe por qué empecé tan a los gritos? Porque este Jefe de Farmacología era uno de esos tipos que andan con joyas y traje, que yo se los pago.

Y había una viejita de Berazateguy que le pedía llorando la Insulina y él le decía que tenía que volver mañana, y ella le decía que había contado las monedas para poder viajar. Y él le repetía que venga mañana.

 

Y cuando me tocó a mí, me enloquecí, pero mal.

- Venía aquí hijo de mil puta! que te voy a contar quien es Dios, vos o yo? La reputa madre que te parió! Traeme ya la orden de quimioterapia sino te prendo fuego a las cajas. Tengo encendedor, hijo de puta!

Para hacerla corta, al final me dieron la orden de quimioterapia.

 

Usted una vez me dijo que el mayor enemigo que tenía era yo mismo. Y es así. Soy de jugarme. Puedo comportarme como todos, pero no me lleve contra las cuerdas. Contra las cuerdas me saco mál, soy el ser más elemental.

 

Yo le pongo las gotas en los ojos a mi marido, el aloe vera en la piel, porque ya es un despojo humano por la cantidad de corticoides que toma; tiene hongos por todos lados, hasta en la boca que se está infectando, se inyecta morfina cada cuatro horas. Y hoy vino el hijo y M le dice:

- No te olvides que la semana que viene vamos a pescar. Antes de morirme me voy pescar con vos.  Ese gusto me lo voy a sacar.

Y no se puede tener en pie, doctor. Usted lo ve día a día y es como que se va desgastando. No sé como explicarlo. Se está muriendo. Y este debate de la vida y la muerte, del amor y el odio en mí, me están matando: me duele la cabeza, tengo los pelos que me pinchan de nuevo en el estómago, tengo la vista cansada, no tengo ganas de hacer nada, quiero acostarme y estar en silencio absoluto y dormir. Pero al dormitarme escucho voces o ruidos y creo que me llama y voy y no, está dormido. Escucho que tose y me levanto, y no, está dormido. Tengo un estrés doctor que no doy más. Ya no queda nada por vender porque hice absolutamente todo.

Un día la doctora S. C. me dijo hay una nueva droga, la busqué por todas partes y al fin la encontré. Valía 6.382 pesos con 25 centavos por mes. Es una droga que ataca exclusivamente la célula enferma y no destruye nada del resto. Esta en la etapa final de la prueba de fármacos. Y le dije a la doctora:

- Bárbaro, doctora, si esta es la salvación yo vendo la casa, otra no me queda. Yo no nací con casa, así que vendo esta y con lo que queda compro otra.

- No, me dijo la doctora, porque yo no sé cual es el valor de su casa ni el tiempo en que va a usar esta droga. Además no es completamente seguro su resultado. Y, además, no sé si con ese dinero vamos a cubrir todo el tratamiento.

Yo no sé, será un negocio de los laboratorios, pero el Papa también se murió, así que la cosa creo que pasa porque somos mortales, nada más.

A mi me ha desgastado porque hace cuatro años que no he faltado ni un día, ni una noche a esta pelea con el cáncer, pero ya no puedo más.

- Pero de 70 días a 4 años, hay diferencia.

- Yo creo que le gané doctor porque M pudo ver que su hija recibiera premios, pudo ver el nacimiento de tres nietos, pudo compartir 9 meses de otro nietito, hemos salido, hemos ido a un montón de lugares…

Pero yo estoy cansada doctor, quiero cerrar los ojos y descansar, que no me digan más que tengo que ir de nuevo a La Plata. Mi cuenta corriente en la farmacia es un toco así, yo cobro y pago, cobro y pago.

- Usted está muy estresada y a su vez está en plena batalla.

- Y a su vez tengo que esperar el final

- Y a su vez sabe que se acerca un final. Así que esta usted como un soldado, con la lanza, rodeada de atacantes y me dice que está cansada. Y yo le digo que no puede soltar la lanza ahora. Está de tal manera intrincada en la relación entre sus estresores y usted, que no puede variar la situación. Para mí sería fácil decirle que abandone la situación, es decir sacarla de los estresores para que se recupere. Pero esto no es posible en su caso. No le queda otra que ver como la naturaleza lleva a cabo su obra y paliar lo negativo que se presente a sus posibilidades. Será como la culminación de esa larga batalla, que ya la ganó, porque de setenta días pasó a cuatro años. Ahora estamos en la culminación y tiene que seguir ahí. En consecuencia lo que podemos hacer es medicina, medicina viene el árabe y significa “acompañar”. Es decir, mientras usted sigue peleando yo la acompañaré con estas charlas, estimulándola, dándole medicamentos que la fortalezcan, pero más eso no puedo hacer. No la puedo dormir, ni dopar. Usted está en plena lucha y yo tengo que contemplar su especialísima situación. Más que indicarle agua, vitaminas, dieta suficiente y muy digerible y los antiestresores naturales, otra cosa no puedo hacer. Con usted hay que hacer algo atípico, porque su situación es atípica.

Quiero mantenerla activa, peleando y evitando el sobre desgaste con ejercicios de respiración y de relajación, caminatas suaves en lo posible descalza y sobre pasto o tierra, todo el líquido que el cardiólogo le permita, frutas de estación si las tolera cruda, sino cocidas, jugos naturales, pescado al menos una vez a la semana a la plancha, no hervido. Trate de relevarse por turnos para atender a su marido con sus hijas, y aproveche para descansar en esos momentos; relegue algunas tareas como ir a buscar los medicamentos, hacer la comida o la limpieza. Mientras pueda trate de distraerse con programas de divertimentos, aléjese de los noticieros, los melodramas y cualquier programa que la tensione. Sé que es católica así que pida ayuda espiritual y rece mucho, mucho.

marzo de 2006

 



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