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Las celadas del ayer

 

Días pasados una colega estaba exultante porque iba a atender a su primer psicópata. Después de estudiar sobre el tema, de realizar algunos cursos se sentía preparada para enfrentar tamaño desafío. Y, en verdad, podría hacerlo; desde el punto de vista académico reunía todos los requisitos. Acompañaba, también, su personalidad, acostumbrada al mando. No escaseaba, tampoco, el criterio. Su edad, 38 años, había solidificado sus rasgos conductuales lo que la afianzaba en su eje. Había demostrado, con pacientes, que no estaba negada para la psicoterapia. Todos los ingredientes estaban listos. Sin embargo… Cuando me lo comentó - no es de pedir opiniones- le aconsejé firmemente que no hiciera la entrevista. Crudamente le manifesté que no estaba preparada ahora, y nunca lo estaría, para atender psicópatas. Azorada me preguntó el porqué. Y se lo dije:

“Tuviste un padre psicópata y eso te inhabilita. No puedes sustraerte a las celadas de un psicópata, las tienes introyectadas desde una persona muy significativa. Haz bebido psicopatía desde el inicio de tu vida. Quieras o no es parte de tu rutina mental ser manipulada por psicópatas. Contigo, el psicópata tiene el camino facilitado para manejarte. Tus sistemas de alerta son permisivos ante lo conocido, y las maniobras psicopáticas son parte de tu banco de datos. No sonaran esas alarmas ante las celadas del ayer.

“Desde lo alto de su yo me enfrentó: ¿qué mejor que yo, que los conozco, que los he vivido, que sé de sus trampas, que he analizado toda esa dura etapa de mi vida, que la he rechazado, está en mejores condiciones de zafar de las maniobras del psicópata?

“Dos conceptos, le dije, contestarán tu pregunta. El primero que hablas de análisis, de que sabes. Y es verdad, sabes, desde la lógica, sobre psicopatía. Lo has analizado. Pero precisamente el fuerte de la comunicación del psicópata es irracional, trabaja por debajo de la lógica. Creo que tienes, con la lógica, una espada poderosa, pero serás atacada por un virus virulento al que tus sistema de defensa lo dejará hacer su trabajo, porque es un virus conocido. Mientras estés atenta a sus ataques lógicos, a su espada, el virus entrará a una casa de puertas abiertas y te debilitará, sin que sepas  el porqué. Al tiempo, breve, estarás en sus manos, y tú seguirás aferrada a tu espada creyendo ganar una batalla que nunca te han planteado.

Eres vulnerable al psicópata. En realidad casi todos lo somos. Pero tú tienes un plus: estás impregnada de psicopatía.

El otro concepto que te inhabilita es que estás prevenida, atenta a la amenaza, en guardia, y esa no es la postura de un terapeuta. En este caso y en ninguno. Tienes un preconcepto y un resabio negativo, por asociación con tu padre. Te pondrás la mejor máscara, pero no podrás ocultar los detalles. El gesto, el tono de voz, la postura, la tensión, un par de palabras, denunciaran a la hija del psicópata. Él no te dirá nada, jugará a que no sabe, que está todo bien, que tienes las riendas. Creerás, como el ratón, que pudiste zafar de las antiguas garras, y correrás… hasta que él quiera.

Y hay más. Cada maniobra que descubras tendrá la cara de tu padre, y te hará daño, mucho. La identificación y la ambivalencia confundirán tu criterio. Muchas veces te encontrarás que no estás analizando sino recordando.

Y querrás que él sea diferente, que tu padre sea diferente, y te puedes embarcar en la empresa imposible. Lucharás para inculcar en esa mente la conciencia de las consecuencias. Querrás que entienda. Que no sea como tu padre, que no haga a sus hijos lo que te hicieron. Él te dejará hacer, y lo disfrutará.

O tal vez el rencor pueda más, gane el resentimiento y aparezca el estilete de la venganza.

Nada de esto aparecerá en tu conciencia, los dioses no son tan misericordiosos: tal vez ellos estén aburridos también y permitan este juego.

A pesar de leer todo esto, de que en algún momento en tu mente me des la razón, temo que aceptes el desafío. Que caigas en tus propias trampas: que no puedo avisarle ahora, que mejor tengo la primera entrevista y lo derivo, que  ya se lo prometía a mi amiga. que exagero. Que puedes. Y tal vez hagas la primera entrevista y saldrás contenta, pensarás que aquél que hace años estudia el tema es un alarmista, que tienes las riendas, que hay un espacio enorme, y correrás…

 

Hugo Marietan

Buenos Aires, noviembre de 2005

 

 



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