SEMIOLOGÍA PSIQUIÁTRICA Y PSICOPATÍA

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Teoría general de la psicopatía.

I. Aprovechamiento Social del Psicópata

Ia. Los Extravagantes

Hugo Marietan (1)

 

Toda pérdida, todo dolor, es particular;

el universo permanece con el corazón ileso.

Ralph Emerson

 

Introducción

A partir de este trabajo llamaré a los psicópatas los extravagantes siguiendo por un lado al DRAE que define este término como: 1. Que hace o dice fuera del orden o común modo de obrar,  y 2. Raro, extraño, desacostumbrado, excesivamente peculiar u original; y por otro lado por el uso abusivo y lato de del término psicópata  y que, a su vez lleva anclado el falso concepto de enfermedad, concepto que he discutido en otros trabajos: considero a la psicopatía como una manera de ser en el mundo, y no una enfermedad.

Los extravagantes han desconcertado a la humanidad desde sus inicios. A lo largo de la historia su presencia es señalada en las más variadas civilizaciones y en cualquier tiempo. Varias constantes se repiten: las conductas disonantes, sus efectos sobre el grupo, el escaso número de ellos y la incomprensión de los comunes para comprender este fenómeno.

En este trabajo, que resume años de estudio, daré un marco teórico que facilite el entendimiento del accionar de estas personalidades.

 

La tierra

Usemos la imaginación para ver la tierra como la muestra la película “2001 Odisea del espacio”; escuchemos la música de Strauss y miremos a esa esfera girando en la nada, rotando alrededor de una brasa gigante a la que llamamos Sol, vulnerable a los meteoritos y a las influencias inconmensurables del universo. Icono de la soledad.

Ahora descendamos hasta la superficie. Caminemos en ella, en cualquiera de sus zonas, el desierto, la selva, las planicies, las montañas, observemos cómo pululan por doquier los seres vivos en sus infinitas formas, en los más variados medios y, en cada uno de esos medios, seguramente encontremos la huella de pies humanos.

Pero exijámosle más a nuestra imaginación, volvamos al espacio y cual dioses enormes tomemos a esta esfera y, sierra mediante, partámosla al medio para ver de qué está compuesta. Desde la escuela primaria sabemos qué vamos a ver: una delgada capa externa montada en las capas tectónicas que a su vez están asentadas sobre roca líquida y un centro ígneo. Lo sabemos desde muy jóvenes, pero no hemos comprendido a ciencia cierta su real significado: la fragilidad de todo este sistema. Tenemos noticias de los movimientos de las capas tectónicas con cada terremoto, con cada maremoto, hasta nos enseñan que del choque de ellas nacen las montañas y de su separación los mares. Los volcanes nos cuentan sobre las rocas líquidas que llamamos lava. Aparece una isla, desaparece otra. Los huracanes nos hablan de variables de presión y temperatura.

La tierra, la casa de la vida, es catastrófica, imprevisible.

 

La adaptación

Los seres vivos están en constante adaptación al medio que le permite pervivir. Cada especie se adapta a los cambios que le presenta el medio o muere. Es la ley inconmovible: adaptarse o desaparecer.

Las especies son como organismos funcionales compuestos por individuos interrelacionados. Los individuos le pertenecen a la especie y se deben a ella. Es fácil ver este concepto en las hormigas, las abejas y otros grupos de seres vivientes. Es sencillo para nuestra mente entender que el zángano tiene una función, las abejas recolectoras otra y la reina otra. Hasta encontramos cierta lógica en la acción de las abejas de cerrarles la colmena al zángano, una vez que fecundó a la reina, y dejarlo morir de hambre. Vemos con claridad, en estos casos, que el individuo está en función de la especie, a su servicio. Ahora, si pensamos a la especie humana, nos cuesta ver este claro y permanente concepto; se ha hecho un culto exacerbado de la individualidad que perdimos esa perspectiva que nos marca la naturaleza. Pero no nos adelantemos y sigamos con las ideas bases de este trabajo.

 

Los genes y la forma

Los individuos unicelulares suelen multiplicarse por división de su propio material genético. Esto le permite duplicar la misma información genética que le servirá para adaptarse a un medio estable. Cuando el medio varía gran parte de la población desaparece excepto aquellos que, por el recurso de la mutación genética, adquirieron la potencialidad de adaptarse a un medio distinto. Esto implica cierta rigidez ante la variabilidad.

La otra táctica para aumentar la posibilidad de contar con recursos latentes ante las variaciones del medio es que sean individuos distintos (con material genético levemente modificado) los que aporten la información genética para formar uno nuevo. Esta mezcla azarosa de genes dota de características distintivas y únicas a cada miembro de la especie. Con esto la plasticidad a los cambios aumenta cualitativamente. Y si agregamos el recurso de la mutación genética esto se incrementa aún más. Los resultados de este método tienen sus bemoles: si bien el grueso de la población está compuesta por individuos con variaciones mínimas entre sí, un porcentaje pequeño presenta variaciones más acentuadas que van desde el incapacitado para sobrevivir por sí solo, hasta el sobreadaptado: los anormales.

 

Los extravagantes

En la especie humana, dentro del grupo de los anormales, existen los individuos que están preparados para reaccionar adecuadamente ante situaciones catastróficas o excepcionales y facilitar la supervivencia de la especie. Son los que, ante situaciones de extrema crisis guían a los otros hacía una posible salida (los líderes) o se sacrifican para la perduración del grupo (los héroes).

Ellos, los extravagantes, tienen la potencialidad de saber qué hacer en las catástrofes, mientras el grueso de las personas queda paralizadas o reaccionan inadecuadamente.

 

Un ejemplo

A fines de los setenta varios edificios se derrumbaron en Buenos Aires. Esto creó el lógico temor en la población. Recuerdo que una madrugada estaba en el piso 17 cuando sentí un leve balanceo del piso. Pensé que era un mareo, pero por las dudas me vestí rápidamente. A los dos minutos el balanceo se hizo francamente notable. Las puertas y las ventanas comenzaron a crujir. Era claro, el edificio se derrumbaba. Creo que establecí el record de tiempo en bajar las escaleras de los 17 pisos. En esa carrera, en el sexto piso, una anciana trataba de bajar. La tomé del brazo y como una bandera la llevé hasta planta baja y logramos salir. Ya frente al edificio, esperando verlo caer, estábamos reunidos cada uno con la ropa que había alcanzado manotear. Sólo una persona entraba y salía del edificio ayudando a la gente que se había rezagado. En una actividad febril consiguió bajar a muchos y recién cuando consideró que no quedaba nadie se unió a nosotros, agotado. Yo lo conocía bien, era un estafador de guante blanco, un despiadado empresario, incapaz de hacerse un café. Cuando se recuperó le pregunté por qué se había arriesgado tanto. Me dijo que no lo sabía, que sintió que eso era lo que debía hacer. Y en verdad su acción fue precisa, ajustada a esa situación excepcional y con desprecio por su propia vida, mientras nosotros, la mayoría, sólo atinamos a correr. Después nos enteramos por la radio que lo que había provocado el temblor no era un posible derrumbe sino la expansión de un terremoto con epicentro en San Juan. La conducta de este hombre constituyó una incógnita para mí durante muchos años. Hoy creo entenderla.

 

Crisis y estabilidad

El extravagante, tal como lo tipificamos aquí, responde a un mandato de la especie. Es un soldado de la especie. Para ello tiene atributos que lo distinguen del común. Tiene una potencialidad distinta. Y tiene, en consecuencia, lo que yo he llamado necesidades especiales.

Esta potencialidad distinta, estas necesidades especiales que encuentran su satisfacción en tiempos de crisis, donde la potencia se descarga en la acción adecuada, es ajustada al grupo y, por lo general, socialmente aceptada.

¿Pero qué ocurre cuando el extravagante siente esa necesidad especial en períodos normales y de estabilidad?

Se siente llamado a algo que no encuentra en el medio normal.

El extravagante necesita descargar esa potencialidad y para ello recrea un escenario, un “como sí”, una situación especial en un medio normal.

Así puede “fabricar” un medio catastrófico (un atentado), generar una situación de crisis (una revolución, una revuelta en una fábrica), crear un clima tiránico en una familia…

Dependiendo del tipo de potencialidad para la que está preparado creará su medio artificial y llevará adelante las acciones “como sí”. La potencialidad “homicida” la descargará como asesino, por ejemplo.

Esta manera de fabricarse el medio “como sí” no es arbitraria ni al azar. Debe tener un estilo, una forma, una manera de hacerse. Y es lo que llamamos el sello, el perfil, la impronta. Cuando observamos la escena del crimen, la manera en que se realizó y, por sobre todas las cosas, la repetición de ese estilo, podemos conjeturar qué tipo de circunstancia, de crisis, está recreando. A qué patrón antropológico está respondiendo. Para qué tipo de crisis está preparado.

 

Una necesidad especial, la antropofagia

La antropofagia era habitual en varias poblaciones antiguas y lo es en algunas actualmente. Es un medio de proveerse de alimentos cuando no hay otros recursos. Tenemos el ejemplo dramático de los estudiantes uruguayos cuyo avión cayó en los Andes.

¿Pero qué hace un ingeniero alemán, con el supermercado a unas cuadras de su casa, comiéndose a otro en pleno 2001, y en Alemania?

Siguiendo nuestra hipótesis tal vez la potencialidad del ingeniero sea alimentarse de otros en tiempos de crisis, y guiar a los demás a superar el asco de comerse a un semejante y, de esa manera, no morir de hambre. Rodeado de alimentos el ingeniero buscó por Internet satisfacer su necesidad especial, reprodujo, armó un como sí, el ancestral recurso, latente en todos, de la antropofagia.

 

El mandato de la especie

Intoxicados por abstracciones vemos al individuo como el eje donde gira el sistema humano. Corrijo: la mayoría lo ve de esta manera. En general no se pregunta: ¿qué necesita la especie para preservarse? (excepto algunos movimientos ecologistas, ‘verdes’, con no muy claros objetivos), sino qué necesita el individuo, como si fuera una unidad independiente.

Para desarrollar esta teoría cambié el enfoque, en lugar de centrarme en el individuo y desde ahí analizar su entorno y su grupo, enfoqué a la especie y desde allí miré al individuo que la integra. Apareció, entonces, con claridad la utilidad del extravagante para la especie: resguardar la especie a través de preservarse a sí mismo (como continuador de la especie) o, en situaciones especiales, preservar al grupo (función de líder), aún a costa de su destrucción (función del héroe) o su denigración (una vez realizado el “trabajo sucio”). Descarto desde ya toda noción de altruismo, ya que este concepto va de individuo a individuo, considerándose ambos como persona. Y aquí, insisto, el enfoque va desde la especie al individuo. Además el atributo de cosificar al otro no le permite al psicópata considerarlo como un igual. Es más, si es necesario eliminar a varios individuos con el fin de salvar a la mayoría, el extravagante dará la orden de eliminación, está psíquicamente preparado para ello. Cualquier militar sabe esta consigna.

Cuando menciono el término especie es para que el lector me acompañe en el cambio de visión desde donde se observa el tema. Aclarado esto es lógico pensar que me refiero al área de acción dentro del grupo que tiene el extravagante y no a una entelequia como “la humanidad”.

 

La utilidad del extravagante

Además de las ya mencionadas hay otras funciones en las cuales los rasgos que caracterizan al extravagante, los anteriormente llamados rasgos psicopáticos, cumplen una tarea socialmente aceptable. Por ejemplo los rasgos de asumir riesgos, de hiposensibilidad y potencialidad homicidas son muy apreciados en las fuerzas de seguridad sobre todo aquellas que están destinadas a confrontar con asesinos urbanos o profesionales. Un poeta moriría en el primer enfrentamiento. Estos mismos rasgos son apreciados en los cirujanos (quitaré, para mi propia tranquilidad ante una posible operación, la potencialidad homicida en estos colegas)

 

La sociedad como sistema

Considero que todo sistema que permanece tiene utilidad para los miembros que lo componen.

El sistema, como organismo social, estimula a los individuos que poseen características conductuales que consolidan al sistema y le permite desarrollarse, y tiene factores neutralizadores que reprimen o eliminan a los miembros que pueden ser negativos para el sistema.

Sobre esta base, y teniendo en cuenta que los extravagantes son un porcentaje de la población del sistema, podemos aventurar que ellos tienen una función permitida, aceptada y valorada dentro del sistema.

Siguiendo esta línea de pensamiento, podemos concluir que los extravagantes, como lo mencionamos en los primero párrafos, tienen también su función social. Tal vez esta función social tenga repercusiones negativas para algunos sectores o algunos miembros del sistema, o tal vez tenga alguna acción negativa en ciertos momentos o ciertas etapas de la evolución del sistema. Sin embargo podemos observar que a lo largo de la historia de la cultura occidental no solo se los preserva, sino que a muchos se los glorifica, prueba de ello son las estatuas, pinturas, nombres de pueblos y de calles que nos recuerdan las hazañas de estos extravagantes, algunos de ellos autores de masacres.

 

¿A quienes llamamos extravagantes?

Son anormales aquellos miembros del sistema que no responden al patrón conductual común, según el criterio de normalidad estadístico.

A un subconjunto de estos anormales pertenecen los extravagantes.

El sistema (la sociedad) hace un balance sobre las conductas de estas personas que favorecen al sistema versus las conductas que no lo favorecen, y dependiendo del saldo es que la sociedad los va a calificar de héroes o villanos.

En los casos donde el sistema obtiene un claro beneficio se tolera un quantum de características negativas que sería absolutamente intolerable en un miembro común de ese mismo sistema.

 

Las características distintivas

Los rasgos distintivos de estos extravagantes (psicópatas) son: el quitarle los atributos de persona al otro, es decir, la cosificación, la exacerbación de una necesidad (a la que aquí llamamos necesidad especial) que es el motor que genera las acciones atípicas, un sistema de razonamiento especializado puesto al servicio de esa necesidad especial que le da el marco lógico a las conductas atípicas, una particularidad de su sistema afectivo que le permite desdoblar su sensibilidad de manera de afrontar con baja repercusión emocional sus conductas atípicas y con una sensibilidad común las conductas no atípicas. Tenemos así conformado un individuo hijo de un sistema, educado por una cultura común, pero cuya psiquis posee atributos que le permiten un grado de libertad en su accionar muy amplio con respecto al individuo común.

Estas son las características básicas que tenemos en cuenta cuando decimos o hablamos de extravagante, y que hemos desarrollado en trabajos anteriores (Personalidades Psicopáticas, 1998; Sol Negro, 2005), y para este mismo congreso.

 

Homicidas

Pongamos el caso de aquellos miembros que tienen apetencia por eliminar a otros miembros del sistema, es decir el de los homicidas. Con un razonamiento apresurado podríamos concluir falsamente que los homicidas deberían ser rápidamente eliminados, neutralizados del sistema. Pero con más calma, bajando nuestro nivel emocional, podemos constatar con facilidad que los homicidas no sólo no son neutralizados sino que son favorecidos y apreciados por el sistema: se trata de los homicidas legitimados. Los homicidas legitimados son entrenados profusamente y provistos de los elementos necesarios para ser más efectivos en la eliminación de otros miembros del sistema.

Si cambiamos el nombre de homicidas legitimados por el de fuerzas de seguridad, psicológicamente la palabra homicida deja de tener el peso emocional que conllevaba. Es más, hasta es lógico y armonioso a nuestra psiquis asimilar que un miembro de la seguridad ejerza la conducta de eliminar a otro miembro del sistema si este último es calificado como homicida no legitimado, es decir un asesino.

Ahora, si observamos con atención vemos que el homicida legitimado y el homicida no legitimado comparten un factor común: ambos son homicidas, ambos tienen apetencia por matar: uno oculto detrás del “deber”, el otro llevado más crudamente por esta necesidad especial. Así, matar a un individuo puede ser un acto socialmente favorecido (agente del orden, militar) o socialmente desfavorecido (delincuente, asesino).

En este trabajo ambos son considerados extravagantes por compartir una necesidad especial: matar al otro. Ambos, movidos por esta necesidad accionan sobre los otros miembros del sistema. No por obvio está de más aclarar que no todos los miembros de las fuerzas de seguridad son extravagantes (psicópatas), solo algunos de ellos, los que poseen los rasgos especificados anteriormente.

 

 

Todo humano es un homicida en potencia

La capacidad de eliminar a otro individuo es intrínseca al ser humano. Todo individuo común frente a circunstancias especiales puede generar acciones que terminen con la supresión de otro individuo.

Y hay situaciones en que el sistema apela a esta característica del individuo común, las exacerba convirtiendo este atributo homicida en una característica socialmente deseable: es en las situaciones de guerra, de ataque de un grupo externo hacia el grupo que mantiene el sistema.

Aquí en Argentina, en el año 1982, en la llamada Guerra de Malvinas, tuvimos un claro ejemplo de la apelación de la sociedad al despertar de estos atributos homicidas en la población.

Pasada la situación especial, la guerra, estos atributos homicidas fueron rápidamente reprimidos. Traigo este ejemplo porque el ímpetu homicida fue claramente manifiesto y apoyado por el grueso de la sociedad: se llenaban las plazas pidiendo la sangre del adversario, se vitoreaba cada vez que era hundido un barco inglés, se producía emoción ante la anécdota de un homicida destacado que eliminaba a varios enemigos, algunas plazoletas llevan hoy el nombre de estos homicidas legitimados.

 

El homicida extravagante

Si todas estas consideraciones del sistema fueron concedidas al individuo común en su función de homicida, con cuánto beneplácito ve el sistema a sus homicidas especializados en estas circunstancias especiales.

Son estos homicidas, en tiempo de guerra, los que están en el medio adecuado, en la circunstancia adecuada, y con los atributos psíquicos adecuados para ejercer las acciones más eficientes para eliminar a otros individuos.

En estas circunstancias especiales, entonces, el extravagante es utilizado por el sistema para salvaguardar la integridad del grupo.

Es en estas circunstancias donde la sociedad hace un aprovechamiento completo de ellos. Donde se ve la finalidad de la existencia de estas personas. Donde se comprende por qué el sistema los tolera en situaciones no especiales, en situaciones de paz.

Estos extravagantes, con apetencia de matar, son redistribuidos en distintos roles en tiempos de paz: fuerzas de seguridad, cirujanos, forenses, sepultureros, y todos aquellos oficios donde se requiere un alto umbral para la sensibilidad, y que repugnan a los individuos comunes. Y de este grupo, los que no logran ubicarse en un rol socialmente aceptado pasan a integrar el grupo de los “indeseables” (asesinos) que son a su vez reprimidos y eliminados por otros extravagantes de su misma condición (fuerzas de seguridad).

Por lo que se desprende con facilidad que la valoración bueno o la valoración malo, para ellos, es sólo una cuestión de circunstancias.

 

El poder

He tomado el caso de los homicidas por resultar de más fácil comprensión para una psiquis acostumbrada a valorar con parámetros comunes. El mismo razonamiento nos llevaría a comprender, la función social de aquellos cuya necesidad especial consiste en el poder, en ejercer su voluntad sobre los demás. Son los que movilizan fuerzas para invadir territorios, para asegurar para su grupo la posesión de tierras, de agua, de medios de sustento; son los líderes de masas. Desvirtuados estos propósitos de especie, pueden convertirse en devastadores, asoladores tras objetivos corruptos, a tal punto de destruir países enteros en su afán de imponer su voluntad al resto del mundo.

También podríamos utilizar un razonamiento similar para caracterizar a aquellos extravagantes cuyo afán de poder está mediado por el dinero. Y aquí entramos en el amplio campo de los comerciantes, pero no de todos los comerciantes -cualesquiera sea su rubro- sino de aquellos comerciantes que, por supuesto, comparten las características, los rasgos, que mencionamos anteriormente.

 

De comerciante a estafador

Con este marco podemos hablar también de comerciantes extravagantes. Son aquellos que en su afán de acumular dinero aplican en toda su intensidad y literalidad el viejo axioma: “el fin justifica los medios”. Así, todo obstáculo a su objetivo, sea este obstáculo personas o bienes de cualquier naturaleza, es arrasado, neutralizado, utilizando las artimañas del oficio y evitando de “toda” manera posible el reproche social. Uno de nuestros destacados empresarios decía: “el poder consiste en hacer con impunidad”. Para estas mentes, con su libertad psíquica ampliada, la asunción de riesgos a veces de alta magnitud es un hecho cotidiano.

Concientes de estas características negativas hacia los miembros del sistema (cosificación, búsqueda de impunidad, etcétera), la sociedad ¿los elimina?: no, no sólo no los elimina sino que los considera miembros privilegiados del sistema por ser generadores de empresas, de fuentes de trabajo, de la riqueza de una nación. Son privilegiados en el sentido de la tolerancia que tiene el sistema hacia los errores legales de estos individuos. Para el sistema es más importante una empresa, que lo consolide, que el maltrato e incluso la eliminación de alguno de sus miembros.

Y, nuevamente, aquí el sistema, la sociedad, hace un claro aprovechamiento de las características especiales de estas personalidades.

Aquellos que por exacerbar sus apetencias de dinero sortean demasiadas reglas del sistema -o bien entre costo y beneficio para el sistema el balance da negativo- son considerados por el sistema como estafadores o delincuentes comerciales. Y así volvemos a la misma ecuación que aplicamos para el homicida legítimo y el homicida ilegal.

 

Conclusiones

Desde luego que, hasta aquí, solo fue una aproximación al tema que, si la fortuna acompaña, espero continuar en otras presentaciones.

Esto es un intento de dar un marco teórico al accionar del extravagante, del psicópata, y de vislumbrar una finalidad en la existencia de estas personas. Por supuesto que no constituye una apología de ellos y tampoco se contradice con todos mis trabajos anteriores: su incidencia negativa sobre los otros está claramente especificada en Personalidades Psicopáticas, El complementario y su psicópata, Sol negro, y otros. No cambiaría una coma de lo que se dice en ellos.

Todos estos años de trabajar con complementarios y familiares de extravagantes, y con ellos mismos, afianzan aquellos escritos.

Pero también hay muchos ejemplos que avalan el presente trabajo y fueron los mismos complementarios los que aportaron parte de la información sobre este aspecto provechoso de estas personalidades.

Así en medio de las quejas por el maltrato y las humillaciones, una de ellas comenta que su esposo trata, denodadamente, de hacer un campo fecundo de lo que hace pocos años era un desierto en San Luis. Y no hay trabas que no sortee, siempre detrás de su objetivo. Los resultados son asombrosos. Pero su conducta con ella, los hijos, los peones, es, siendo benévolos, deplorable.

Otra comenta que es viuda de su esposo médico. Cuando este hombre tenía 40 años era el amante de la madre de la consultante. Ella, en aquel entonces, tenía 9 años. Él la violó. Luego la llevó a vivir con él, se casó con ella a los 18 años y tuvieron 4 hijos, uno de ellos mujer, a la que abusó desde los 8 años. Un Sol Negro en todos los aspectos. Pero... era un médico excepcional. Capaz de los mayores sacrificios por atender a sus pacientes, a los que no les cobraba la consulta y compraba, de su propio bolsillo, los medicamentos. ¡Qué dualidad! Murió adorado por sus pacientes y odiado por todos sus familiares.

El extravagante no es de ninguna manera un ser común, siempre tiene algo muy especial, revelada su faz oscura provoca asombro, repugnancia, admiración, odio. Jamás indiferencia.

 

 

1) Médico Psiquiatra, Docente de la Universidad de Buenos Aires

www.marietan.com, marietanweb@gmail.com, enero de 2007

Este trabajo fue presentado al Congreso virtual de psiquiatría, 200/, España, www.psiquiatría.com; y publicado en la revista Alcmeon,  Año 16, vol. 13, marzo 2007, págs. 74 a 81. Buenos Aires, Argentina.

 

 

 



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